"EL FOLOSOFO EN EL TALLER"

di Eulalia Bosch

Fue en una fría noche de invierno, en la ciudad  roja de Bologna, dónde vi por primera  vez  las telas y los dibujos de Piero Sacchetto.

En una gran mesa de madera, bajo esa luz tenue tan propia de los viejos palacios italianos, cargados de historias y de misterio, él, el pintor, abría carpetas y pasaba lentamente las paginas de su imaginario del que hasta este momento, yo, única espectadora  aquella tarde, no sabía absolutamente nada.

Luego, en el largo corredor adjunto, Piero fue colocando las telas y el espacio quedó poblado de trazos ínfimos conectados entre sí por vastos universos de color.

Durante la presentación, hablamos poco. Yo, con mis gafas bien pegadas a la nariz, él, con las suyas olvidadas sobre una silla, nos paséabamos por los  papeles sin necesidad de añadir nada a nuestra mirada. La mía, atrapada entre la sorpresa y el deseo de encontrar bajo los colores el perfil de mi amigo, filósofo hasta entonces, ahora también pintor. Él pendiente de mi reacción espontánea ante su pozo privado de emociones.

Quando el frío nos hubo dominado por completo, decidimos de volver su quietud a la memoria. Guardamos los papeles, pusimos las telas cara a la pared y salimos  en busca de comida caliente y vino tinto.

De aquel primer encuentro con su pintura guardo dos impresiones precisas: su meticulosidad en el dibujo y una gama de colores perdida entre la vígilia y el sueño, mas cercana a Platon que a  Aristóteles.

Años después, visité su nuevo estudio en una zona suburbial de la ciudad. Me pareció que nuevos mundos habían ido invadiendo los papeles cada vez más sutiles, cada vez más delicados. Cada vez más laberínticos, también. 

Las superficies rugosas en las que el color había ido anidando me recordaban esas arrugas que rodean los ojos de los que, ya ancianos, no han podido dejar de mirar, porque no han podido dejar de desear nuevos saberes. 

¿Platon de nuevo, con sus luces y sus sombras, o más bien el eterno devenir heraclitiano?

Las acuarelas habían ido sepultando en ellas  lo pequeños dibujos que años  atrás me habían sorprendido. Si embargo, para mí, las ideas eran ahora más faciles  de ver.

Imaginé todo estos  papeles forrando las paredes de la habitación en la que el Gran Kan y Marco Polo hasblaban, con los ojos cerrados, de las ciudades invisibles. Y, con ellos, intenté seguir la narración que cada cartulina iniciaba. Como tantas veces en mi conversación con Piero, la figura de Italo Calvino se me apareció de nuevo escribiendo ese compendio de historias incipientes que es  “Se una notte d’inverno un viaggiatore”.

Piero jugaba conmigo de igual manera que Calvino con  El Lector y La Lectora. En su lento pasar paginas, despertaba a Freud y revitalizaba a los caligrafos japoneses; revisaba muros milenarios   y fondos marinos, subía al mundo de las ideas y caía enpicado en la red de los conceptos. Y me arrastraba a mí por esos derroteros donde la sorpresa engendra una vez más el incontenible deseo de pensar en voz alta. La conversación duró horas.

He seguido la pista a Piero Sacchetto desde Bologna hasta Ferrara, sin perderme algunas de sus escenografias operísticas, y sigo viéndole, como me pareció intuir aquel primer dia en su estudio, como un filósofo mago, capaz de reencontrar quando le conviene este mundo de sentido que sólo se manifiesta de vez en quando y nunca anuncia realmente su visita. Y, una vez más me digo: !quanto necesitamos de los artistas para poder pensar!

 

Eulalia Bosch

Barcelona mayo 2003